-Hable, hable -me invita Chelo, estudiante, progre, con muchas cosas superadas, según ella dice, y vecina mía, por más señas-  Cuente lo que sabe sobre el tabú de la menstruación. A ver si se le van los prejuicios de “la cosa” a esta moza.

Se refiere a Angela, compañera suya de piso, trabajadora militante de muchas cosas y una encantadora criatura. Por el ambiente, noto que la discusión hace tiempo que comenzó y que, a estas alturas, se ha convertido en una abierta disputa. Me propongo intervenir para rebajar el tono, pero Chelo no cierra la boca.

-Me he gastado la saliva contándole que el miedo a hacer el amor durante la menstruación es un tabú milenario que se remonta a la superstición de los primitivos hacia la sangre, que creían que era el asentamiento del alma, la fuente de la vida, del vigor y de la fuerza. El derramamiento de sangre era considerado un signo de debilidad, enfermedad o muerte y, por eso, rodeaban a la mujer menstruante de todo tipo de ritos y normas humillantes, encerrándolas en chozas aisladas, impidiéndoles mirar a los hombres o cruzarse con ellos. Que el tabú surgió de la ignorancia y superstición de los hombres y la mujer nunca tuvo voz ni voto en la cuestión, sino que fue la víctima propiciatoria. Pues, nada. Como una voz en el desierto. Ni caso.

-Yo entiendo lo que dices, Chelo -interviene Angela con gesto preocupado-  Me parece que tienes razón. Pero no puedo evitarlo, solo pensarlo, me produce una especie de rechazo.

-Es normal -intervengo yo- si tenemos en cuenta lo que pesa la tradición y una educastración de siglos. Realmente, desde un punto de vista científico, no hay ninguna razón que avale la permanencia de todos esos prejuicios sobre la menstruación: El temor a bañarse, a ducharse, a lavarse la cabeza, a comer determinadas cosas, a tocar las  plantas o hacer la mayonesa…. es totalmente infundado. Se pueden tener relaciones sexuales perfectamente y no hay ningún problema de contagio, enfermedad o algo por el estilo. El único inconveniente que plantea es una cuestión de higiene, lavarse más, antes y después de la relación. Si a esto, añadimos que estos días son los más seguros para que no se produzca un embarazo no deseado, prodremos apreciar mejor el calibre de la “broma” que nos ha gastado la tradición

-Ahora bien, dicho esto, tampoco se pueden perder costumbres y hábitos tan arraigados en la conducta humana de la noche a la mañana.  Y, desde luego, no sirven de mucho los discursos antropológicos “made in Chelo”, aunque sean totalmente ciertos. Es un problema personal, de convencimiento propio, de vivir la experiencia. Estoy seguro que, cuando Angela reflexione sobre el tema y se atreva a experimentar, se convencerá a sí misma

Percibo que, a pesar de mis palabras apaciguadoras, Chelo sigue combativa y cierro el tema solicitando una taza de café.

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