SEGUNDA RUTA CON MELQUIADES. Entre chozos

Publicado: 26/01/2016 de korovaCriptana en De ruta con Melquiades
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2_1 Chozo doble

Aquí tenemos un chozo de los que mejor se conservan, casi todos los chozos que hay por aquí son muy pequeños; por dentro sólo podían estar como mucho tres personas. Los hacían para refugio, tenían cerca la materia prima, y mucho tiempo. Éste es parecido a los bombos de Tomelloso, algunos dicen que tiene más de doscientos años, pero creo que tiene algunos menos. Es como dos chozos juntos. Hay dos en el término iguales y los hizo el mismo, uno es éste y otro el Chozo el Rey que está en el camino de la Mota. Sé que tienen esos años porque mi abuelo Felipe, el de los cuentos, conoció al que los hizo, además me contaba lo que cobró, y mi abuelo hoy tendría 127 años.

2_2 Cueva ListrosaOs dejo que os recreéis en el paisaje y ahora seguimos con la cueva de Listrosa. Como veis, es una depresión del terreno, más o menos como la de La Laguna. Parece ser que es bastante grande pues por ahí hay como un respiradero.

Bueno, el tal Listrosa, aquí hago un inciso, yo lo cuento como me lo conto mi abuelo, y él decía Listrosa otros dicen que era el famoso Castrola. Ya digo que lo cuento como me lo contaron a mí. Dicen que el tal bandolero provenía de los Montes de Toledo. Pasaba temporadas escondido en esta cueva. Contaban que se acostaba con una del pueblo y que tuvo un hijo y le dejó un tesoro. Aquí digo lo que mi abuelo “que dicen, que dicen, que yo no estaba”.

También cuentan que después de la Guerra estuvo alguien escondido, un maqui, por eso la taparon para que no fuera refugio de maleantes según dicen. Esto son todo habladurías y conjeturas, como lo de la cueva de La Laguna, porque de cierto, yo al menos, no sé nada, historias parecidas a ésta hay en casi todos los pueblos.

Seguimos un poco más hasta otro chozo y os cuento tres anécdotas.

2_3 Chozo pequeño

Aquí tenemos otro chozo más pequeño que el anterior. Como veis la construcción es piedra sobre piedra; las más grandes en la parte de abajo para dar mayor consistencia. Luego, para hacer la cúpula, las piedras de cada tramo son más pequeñas, así hasta el final. En la cúpula les echaban un poco de tierra para evitar que entrase el agua y además les servía como mortero para sujetar las piedras.

Como ya vamos a dejar las vistas de La Laguna, os cuento tres pequeñas anécdotas:

Justo donde hemos parado antes, en el centro de La Laguna, hay unas viñas que las arreglábamos nosotros hace cincuenta años. Arreglarlas significa que las trabajábamos, es decir, que las podábamos, las arábamos y les hacíamos todas las cosas que se le hacían a las viñas. Bueno pues ahí fue donde me salieron los “diablos” en las manos la primera vez, con diez años más o menos. Mi padre vino con las mulas y, como estaba cerca, me dijo “tú te vas con la bici y no tienes que madrugar tanto”, vine con unos guantes de lana pero que eran muy claros y se me quedaron las manos heladas. Fue la primera vez que me salieron los “diablos”, que, por si alguien no lo sabe, consisten en que la punta de los dedos se te queda helada y cuando empiezan a reaccionar por el calor la sangre que empieza a circular por las yemas de los dedos y duele mucho y más si es la primera vez. Lloré del dolor de manos como un crío, pues era un crio. Luego me hizo mi madre unas manoplas de lana y mi abuela Vicenta las forró de pana. Eso ya era otra cosa.

Otra anécdota fue que mi padre, que siempre ha sido muy bromista, y nos gastábamos bromas entre los dos (trabajábamos mucho, porque mi padre ha sido de trabajar mucho y bien, pero además ha sido y es muy alegre), bueno pues cuando guisó, porque entonces se guisaba en el campo, hizo unas patatas “cabezorras” que son patatas fritas pero cortas como para cocer, no finas, pues en un trozo le puso un “trocejo” de sarmiento. Nos pusimos a comer en el caldero, (él sabía qué trozo era y lo puso en mi lado) yo pinché la patata, pero la tenía pinchada y al mismo tiempo estaba hablando y no me la llevaba a la boca. Él no se podía aguantar la risa y, para que no se le notara, cogió la bota de vino y se echó un trago, pero no se pudo contener la risa con lo cual se le fue por otro lado y entre la risa y el ahogo se cayó de donde estaba sentado y yo ya con la patata dándole vueltas en la boca y diciéndole “qué te pasa, qué te pasa” porque me asusté. Cuando ya se le pasó y me lo explicó yo me saqué el trozo de sarmiento y riéndonos los dos le dije “ves, quien mal hace su parte saca”.

La otra es que venimos a mullir, que es hacer un redondel alrededor de la cepa con el azadón. Este trabajo se hacía a destajo, es decir, cuanto más te hacías más ganabas. Entonces se hacían muchos trabajos a destajo. Bueno, pues llegamos muy temprano, casi siempre estábamos en el haza pintando el día, casi sin verse. Mi padre decía que al almorzar teníamos que tener la tarea vencida. Pues nos pusimos a mullir, la tierra estaba algo pesada, lo que significa que estaba húmeda, con lo cual la tierra pesa más y el esfuerzo es mayor. Íbamos todo el día a una buena marcha, pero había momentos en que íbamos más deprisa. Esos ratos eran cuando íbamos a parar, bien para almorzar, comer o para echar un “culete”. Bien, pues esas vueltas las dábamos a ver quién podía más, y ese día, cuando íbamos a dar la vuelta de antes de echar un culo, sobre las doce, yo iba que no podía con mi alma lo que en el argot del ciclismo se conoce como una pájara. Yo me decía “como le dé por ir deprisa me voy a quedar cerca, pero no tiro”. Dimos la vuelta tranquilos más o menos, cuando llegamos a la punta, mi padre tiró el azadón, casi se tendió en la linde y me dijo con una voz que casi no podía hablar “ve a la moto a por la comida que no puedo teneme”, y le contesté yo “espera que pueda llegar a la moto que estoy igual que tú”, a lo que me respondió y esta vez con una voz más fuerte “cacho cabrón y no dices ná” y le respondí “y tú qué dices”. Comimos un poco echamos otro rato y nos fuimos al pueblo esa tarde no hicimos nada sólo reponernos.

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